Ritos...
No alcanza. Se
debe prender la del otro para que encienda la propia.
La soledad, dice
un sabio rabino, se diluye cuando hay otro para contarle la soledad que te
habita.
No alcanza. Hay
que abrirse a la soledad del otro para que la propia nos saque del
encierro.
¿Cuánta proactividad hace
falta para topar el suelo de lo esencial?
¿Para quebrajar
las armaduras de los miedos inmovilizadores y atreverse al riesgo del ejercicio
de amar?
Después de esta
parrafada que atiza mi tenue luz y soledad reflexiva, solo me nace el
verbo activo del perdón.
Solo en esta apertura se vive en el Misterio de un Otro que se
escribe con mayúscula y las puertas cerradas ceden a la luz que nos llega desde
los transmuros de la vida que sustenta.
Que torpedad, si es tan simple. Dar y darse. La espiritual
material, real y visible. El son genuino del Misterio en la vida.
Nazareno ¿Me enseñas? Sigo estando tan lejos. Revertir en la dación
de mi mismo las demandas soberbias.
Odio los químicos que nutren el destierro y extinguen la luz.
Terapia de la gratuidad y dación has asomar la esquiva libertad
entristecida de abandono.
Te doy una rosa roja. Sangre que se da, derramo de libertad.
Solo riégala, dicen que con una gota de cloro viven más.