sábado, 13 de octubre de 2012


Ritos...

Cuando llega la noche, cuenta el sabio Heráclito, todo ser humano prende una luz para sí mismo.
No alcanza. Se debe prender la del otro para que encienda la propia.
La soledad, dice un sabio rabino, se diluye cuando hay otro para contarle la soledad que te habita.
No alcanza. Hay que abrirse  a la soledad del otro para que la propia nos saque del encierro.
¿Cuánta proactividad hace falta para topar el suelo de lo esencial?  
¿Para quebrajar las armaduras de los miedos inmovilizadores y atreverse al riesgo del ejercicio de amar?
Después de esta parrafada que atiza mi tenue luz y soledad reflexiva, solo me nace el verbo activo del perdón.
Solo en esta apertura se vive en el Misterio de un Otro que se escribe con mayúscula y las puertas cerradas ceden a la luz que nos llega desde los transmuros de la vida que sustenta.
Que torpedad, si es tan simple. Dar y darse. La espiritual material, real y visible. El son genuino del Misterio en la vida.
Nazareno ¿Me enseñas? Sigo estando tan lejos. Revertir en la dación de mi mismo las demandas soberbias.
Odio los químicos que nutren el destierro y extinguen la luz.
Terapia de la gratuidad y dación has asomar la esquiva libertad entristecida de abandono.

Te doy una rosa roja. Sangre que se da, derramo de libertad.
Solo riégala, dicen que con una gota de cloro viven más.

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