miércoles, 29 de marzo de 2017

A mi querido Tío Ale,
Has sido, el sabio obturador del retrato familiar. Tú siempre detrás. Has regado como un rocío las raíces de nuestra identidad familiar. Foto, tras foto.
Has moldeado con tu noble ejemplo de humanidad digna y consecuente mi propio carácter. No necesité un padrino,  tú lo fuiste, desde los tiempo del floripondio como solías llamarme.
Mis primeras incursiones en al folclor y la clásica se iniciaron con tus discos de Inti y Suppe que me regalaste en la infancia. Tus libros se me abrieron, en el ritual sagrado de ayudarte a  limpiarlos, tus indicaciones de lecturas amenizados con el siempre bien tostado maní.
Tu firmeza para desenmascarar la ignorancia con la ironía punzante y tu hablar enciclopédico, siempre con sentido y sabiduría.
Las caminatas de cerros para escuchar tu oráculo de lamento por la miseria humana, me enseñaba, a su vez, el lado bueno de lo humano en ti.
Sí, cuando niño yo quería ser como tú.
Tu lealtad incondicional, tu cariño a tu modo, tu consecuencia de vida, tu recta virtud de la amistad.
Todo ha sido un regalo de Dios, de valor incalculable, así ha sido tu vida. Yo solo agradecido por tenerte. Te prometo que de todo lo que me has heredado , al menos lo he intentado.
Cierro con la expresión esquiva, siempre tácita en nuestros encuentros y gestos, pero pocas veces verbalizada: Te quiero, te he querido mucho, tío Ale.


Tu  Floripondio

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