A mi querido Tío Ale,
Has sido, el sabio obturador del retrato familiar. Tú siempre detrás. Has regado como un rocío las
raíces de nuestra identidad familiar. Foto, tras foto.
Has moldeado con tu noble ejemplo de humanidad digna y
consecuente mi propio carácter. No necesité un padrino, tú lo fuiste, desde los tiempo del
floripondio como solías llamarme.
Mis primeras incursiones en al folclor y la clásica se
iniciaron con tus discos de Inti y Suppe que me regalaste en la infancia. Tus libros
se me abrieron, en el ritual sagrado de ayudarte a limpiarlos, tus indicaciones de lecturas
amenizados con el siempre bien tostado maní.
Tu firmeza para desenmascarar la ignorancia con la
ironía punzante y tu hablar enciclopédico, siempre con sentido y sabiduría.
Las caminatas de cerros para escuchar tu oráculo de
lamento por la miseria humana, me enseñaba, a su vez, el lado bueno de lo
humano en ti.
Sí, cuando niño yo quería ser como tú.
Tu lealtad incondicional, tu cariño a tu modo, tu consecuencia
de vida, tu recta virtud de la amistad.
Todo ha sido un regalo de Dios, de valor incalculable,
así ha sido tu vida. Yo solo agradecido por tenerte. Te prometo que de todo lo que me has heredado , al menos lo he intentado.
Cierro con la expresión esquiva, siempre tácita en
nuestros encuentros y gestos, pero pocas veces verbalizada: Te quiero, te he
querido mucho, tío Ale.
Tu Floripondio

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