Ha de morir
una forma de creer en Dios y resucitar
una renovada o transformadora forma de acercarse a la fe.
Me recuerda
el asombro que provoca advertir que varios filósofos judíos después de Auschwitz
siguen
siendo creyentes. Pero, claramente, desde otra aproximación totalmente distinta
a esa infantil fe que sigue creyendo que dios esta "arriba", es el controlador de todas las
cosas y todo cuanto nos sucede es decisión de su suprema voluntad.
Muere,
recordando al Gran Inquisidor de Dostoievski,
aquella dimensión de la fe edificada en el poder que controla el milagro, el
misterio y la autoridad.
La Edad Media dio paso a la modernidad bajo el
binomio Religio – Regula. Eso llevó a expulsar a judíos y musulmanes de España
y controlar las reglas únicas de vivir la religiosidad por la inquisidora cristiandad de aquella época. Posteriormente, la hegemonía de esta fe dio paso a
una razón autónoma que se auto erigió como la fuente de las nueva escatología del progreso y pasó a ejercer la
misma dimensión controladora del gran Inquisidor.
Tres dimensiones
(milagro, misterio y poder) desautorizadas y desmoronadas en el escándalo de una cruz que sentencia a muerta
a la víctima o el inocente, donde la ecuación malo= culpable= castigo divino, perdió
todo sustento. La lógica del poder que controla la verdad quedó sin fundamento y
la víctima, sí es inocente. Nadie tiene
la posibilidad de ejercer una razón normativa cuyo fundamento último sea dios y
no-dios.
Desde esta recordada semana a la búsqueda de la divinidad ya no hacia arriba, buscando las respuestas
que solo habitan en el silencio del universo; sino, desde abajo, dejando las preguntas y
encarando la vida con todos sus acontecimientos, desde el intra - mundo, con una mística con
sabor a vida, a cotidianidad sagrada de encuentros humanos y mundanos, a sudor de solidaridad con el sufrimiento de todo ser humano.
Todos los
años vuelve el ciclo de rememorar. Inevitablemente no pasa un año para volver
irremediablemente a lo mismo, volver a someter esta revolucionaria manera de
creer a una expresión más de
religiosidad para controlar el misterio, el milagro y el poder.
Feliz
liberación. Eso celebra Pesaj. Y la Semana que al indicarla como “santa” la
enclaustra de nuevo en aquello que, en su sentido más íntimo, nos quiere liberar.
