miércoles, 12 de enero de 2011

He recorrido con las yemas de mi diestra una y otra vez todos los cantos esféricos del rosario islámico. A ratos impulsivo, apretaba la palma sobre ellos como abrazando. Dando, con pasión, gracias por todos.
Con los 20 euros que me regaló un cofradiaco para paladear algo este 2 de febrero, de esos amigos hermanados en la fraternidad de la clandestinidad de la policía eclesial. Me atreví  una pa… pues ella no está. Ecuación que espero el tiempo  despeje o simplemente viva con una diferencial sin solución.
En el rodar de los cantos por el peregrinaje afectivo de mis dedos asomaron los distantes, y Ala me ha ayudado a reconciliarme con ellos. También los he rozado, con temor, con respeto, con humildad y anhelos de reencuentro. No aprecio asperezas en el acercamiento, estas están en el espacio previo de la decisión de aproximarse.
Desde la opción sincrética que despeja el camino para la búsqueda  de la autenticidad los he acariciado una y otra vez. En una de ellas, me encuentro conmigo mismo y la dificultad estribó en mis errores, disturbios y desvíos. En ese momento aconteció Su presencia, compañera en todas las esquinas donde me he parado para preguntarme hacia donde giro o, simplemente advierto que el tiempo va encadenando los movimientos de viraje y ya es tiempo de tan solo vivir las consecuencias de lo optado. Me resisto a decidir que el pensamiento se entregue a esa esclavitud, apuesto por seguir creyendo.
Con gratitud he recibido la retroalimentación a mi atrevimiento de compartir la torpeza de mi unión de palabras, creyendo ingenuamente que trasmiten algo. Han sido muy generosos y generosas, cariñosos y pacientes, hasta me han hecho pensar que debo seguir intentando este difícil arte fusión de la pluma y el papel. Un ciego puede ver con el amor de los amados.
Un renuncio y apuesta. No fui al museo Del Prado. Me impuse no seguir contemplando la gratuidad de le estética sin tener a mi lado a quien decirle la hermosura contemplada, pues la compañía, compañera  compañero, es más bella que todo lo visto y por ver. Apuesto a volver.
Intenté un starbuck para estas notas cafeteadas, pero salí de allí bajo el impulso  del recuerdo del dolor etíope, cuyo café tostado, en el dolor de la pobreza, se filtra en el liquido que en la globalización fluye inconsciente y alineante. Ese mínimo acto ha hecho ver que creer es resistir. La vida todavía puede hacer algo por sí misma, al menos en la insignificante y muda voz de mi conciencia.
Camino al tren llamado cercanía, me dirigí sin pensar a una capilla que encontré de frente. Un acto impensado me sentó sin cerrar mis ojos. Pedí perdón. Todo lo que en esa capilla contemplé fugaz, ha servido para mediar un distanciamiento,  el abrigo del temor a exponerse al dolor y el rostro de los otros, que, por su parte, construyen lo mismo. De mis 49 años gran parte de ellos me han servido para alimentar el sin sentido de estos altares.  En mi primera visita al espacio reservado y excluyente que edificó el cristianismo me acerqué para pedir perdón y rogar: ¿por qué no vienes otra vez y en tres días nos dices que demolerás esto?
Sonó una campanilla al momento de pararme, comenzaba la misa.  Raudo, salí entendiendo en el instante que la misa o comunión está en la calle y el retorno hacia ustedes. Percibo en esto mi primer aprendizaje del islam.
Finalmente  refuerzo la agenda de mi peregrinaje cristiano:
1.       Diálogo interreligioso.
2.       Fe autocritica.
3.       Espiritualidad de la relación con la diversidad
4.       Sincretista como herramienta hacia lo esencial.
5.       La hospitalidad como comunión con Dios.
6.       No  imitatio Jesús, sino, participatio Jesús.

En el umbral del medio siglo nunca se es viejo para recibir lecciones.

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