miércoles, 13 de octubre de 2010

Desde el Balcón del Wade

Desde el balcón del Wade, tío pastor del camino de cerros y el plano, me evoca el ventanal del frente, el aroma del amor abuelado de la Vitalia de todos. La calle Retamo, tamo del ayer que aun nos queda
Las lomas dormidas en luces amarillas, caen como cascadas silentes en el olvido del mar y de los barcos de papel que terminan por hundirse donde la vista termina y las cascadas dejan de existir.
Evoco tantas cosas. Una madre grande cuyo sigilo arropaba en afectos. Las bufonadas de un hermano que hoy sala sus huesos en Playa Ancha.
Los juegos cómplices de primos asustados de perros. La gorda barbuda, colega y vecina del emporio almendral de italianos que en sus arrugas dibujaban con nostalgia la bota que dejaron. La jugarretas de un viejo lindo que dejo su alegría regada en el plano, limitado por cerros de su infancia dolida
– que daría por recoger tanta risa esparcida entre cerros, balcones y puertas espigadas para alimentar la pena presente del anfitrión de ayer.
Evoco miradas de ojos profundos que hablan desde adentro en el Wade que se fue. Llantos, muerte en bicicleta, caminatas al Recreo hongizida preservado de aguas marinas; de lenguas vivas tiritando enlimonadas en el paladar agotado del fin de seudo fiestas de la caleta portales.
Y en la evocación la imagen de Waldo inunda el lápiz y acalla el escrito. ¿Que estaríamos haciendo? Waldo hermanado en la sangre, la desdicha y la impotencia.
Evoco a la madre, fiel semblante de la vitaliosa abuela, parada por la entrega, estoica en amores, firme en la congoja, de ternuras concretas sin verbos de coronas.
La noche avanza desde el balcón y la cobija de nubes arropa los cerros de las luces dormidas, de senderos circenses aguardando al alba el estridente freno de micros alharacas cargadas de esperanzas furtivas que se van apagando con el sol naciente, como los envejecidos fierros de ascensores vuelven a subir en la misma rutina que no cambia por siglos.
La brisa acelerada de la aurora limpia la cuidad de sus infortunios y temblores, desparrama la sal para que las maderas apolilladas de casas monumentales detengan el ocaso de las glorias pasadas, amainando las lagrimas de la vieja señora vestida del olvido y del viejo almendral que no florece mas.
Viento burlón y traicionero que se mofa del túnel vacio de sentido del edificio prepotente del congreso dictatorial y empuja mi conciencia adolorida al pasado de una infancia feliz,
viento que acunas con zumbidos el sueño de los cerros, lleva mis lagrimas, que la evocación provoca, a la playa ancha  y, sin pensarlo, deposita  las lagrimas surcando los cerros para regar las flores secas donde se acuestan mis amores muertos.

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