Un café mirando el Bósforo, aguas testigo de tantos cruces que marcaron el rumbo de millones de vidas. Al frente el Asia menor y yo saboreando un café turco desde el lado europeo con Mansur un turco musulmán ejemplo modelo de la hospitalidad que Mahoma pregonaba. Caminar por el castillo del imperio Otomano observando el lujo, los excesos y también la sabiduría de ese pueblo fue lo más que pude hacer en las pocas horas que tuve. No así en la noche anterior, fuimos a la mezquita a la oración de la noche.
Cuando conquistaban un lugar, solo dejaban una iglesia como lugar de oración islámica, el resto seguía siendo cristiana, cosa muy distinta a lo que hiciera Constantino en sus conquistas.
La sala de justicia, donde el Sultán dirimía los serios conflictos del imperio tiene grandes ventanales. La razón es simple, esta debe gozar de un sólido estatutos de trasparencia.
Pararse en el antiguo hipódromo Bizantino y mirar a un lado la mezquita azul, más bien llamada mezquita del sultán Ahmad y por el otro la Basílica de Santa Sofia convertida n un museo , es esforzarse por el intento que debemos realizar desde nuestro propia cultura, tratar de integrar desde la plaza de nuestra existencia los mundos distintos, pero semejantes en sus raíces , que confluyen en nuestra propia identidad. Es que la vida se para desde una plaza, tristemente reemplazada por el patio interior de nuestra individualista y mezquina realidad.
Al iniciar la fila del paisaje de rostros que esperan tras un pasaporte el paso hacia las fronteras de sus propias vidas, observé que Mansur seguía donde los familiares y amigos esperan que se desvanezcan los rostros que despiden en el mar humano de viajeros que pasan hacia las puertas de sus nuevos horizontes o retornos. Su mano alzada, al momento de la breve entrevista con el oficial de inmigración, me hizo sentir nuevamente que la hospitalidad es una de las virtudes ancestrales más valoradas y, que los fieles y consecuentes musulmanes atesoran como una de las obediencias más preciadas a Ala. No lo conocía, me estaba esperando a mi llegada a Estambul gracias al contacto con los amigos Turcos del Centro Islámica de Chile, Catarata. No me dejo pagar nada, se adelantaba a cancelar la entrada al castillo otomano, a la cisterna, las comidas etc, casi molesto aceptó que al menos le invitara un café. Conecté a la distancia su mano de despedida alzando mi diestra. Que distinto seria el mundo si alzáramos más la mano para conectar redes humanas en medio de excesivas conexiones deshumanizadas.
Dicen que todos están avisados, esperan al Gaibur chileno, entre ellos una poetiza muy renombrada que dirige la asociación Siria de escritores. Una de los alrededor de mil miembros de la familia.
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