No sé cómo describir estos días en Akareb. Me cobija el silencio del asombro y el valor de las raíces. El mujtar del pueblo me regalo un masebha, una suerte de rosario donde los musulmanes con sus dedos van rezando a Ala. He intentado practicar esta modalidad de oración dando gracias por esta oportunidad de estar en Siria, de mirarme desde estas raíces apreciando las ramas que han surgido firmes o quebradas.
Regar raíces de las zonas subterráneas carga y activa recónditas pasiones. Asoma tras ojos bañados de trasparente nostalgia y bajan como pequeños racimos de historia entrañable. Se seca la voz, se moja el alma; silencio, compañero empático ayudante de momentos solemnes, grúa que empuja a sondear más profundo y mirar el futuro desde una bufanda tejida por yemas que amo más desde estas conexiones misteriosas.
Desde aquí, desde lo descrito, baje desde el castillo de Shezar para terminar en la mezquita de Akareb para cerrar el silencio con el rito integral de la oración del Islam.
Después, al regreso del silencio: fiesta, a celebrar el retorno en el hogar Gaibur que me alojó como un autentico mas y la danza colegiada de los árabes asomó en la alegría del encuentro.
La propaganda occidental suena a anti danza. Los misioneros que envían las iglesias, primero deben sacudirse el Baal del individualismo y aprender con humildad que significan las relaciones humanas mas allá de la búsqueda de dioses personales. Destruye los valores que unen a este pueblo.
En la partida la nieve blanquea la densidad del adiós misterioso. Dejar Akareb, el pueblo de los Gaibur, deja encendida una luz de un espacio congelado en el pasado y hoy al calor de la familiaridad tan estrecha lo deja encendido
¿Es así? ¿Así lo han vivido quienes han hecho un viaje como este? Duele, apena, como si algo que estaba se hubiera activado y parto con la sensación de haber estado siempre aquí, algún lugar de mi mismo siempre estuvo aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario