Se lleva quemando de a poco el corazón de las grandes frustraciones.
Va socavando la madera interior como pretendiendo que la combustión lenta se vaya haciendo cargo del sueño que nunca fue, de la realidad que se esfumó.
Ahúma los sueños y vuelve nicotínica la realidad.
Va muriendo de a poco la vida que se te fue y se aspira profundo para decirle un doloroso adiós.
Y vuelves, se prende otro tras otro en pausas breves de rutina Ionesco
Como las cantidades de velas que calientan el entorno de las animitas.
Porque en el fondo. es el incienso de una despedida negada
Y ahumado caminas tabaqueado.
Humo contestatario.
Lo prendes y el olor penetrante se lanza a las absurdas pretensiones de salud en un mundo donde no existen las alfombras limpias.
Contaminas lo contaminado,
Como si la homeopatía se pudiera hacer cargo de limpiarnos un poco.
Aparear la honestidad de asumir con la falsedad de evadir, donde los devotos del incienso sacrosanto de rezos y rodillas son expertos.
Entonces lo vuelves a lanzar, como la dama orgullosa desde su largo filtro que humea el rostro de su interlocutor que en realidad no la escucha.
Y el humo es el espejo más noble de la propia realidad interior y desde allí se eleva hasta perderse.
Llega a las narices del creador de la planta tabaquera quien sigue, graciosamente, dispuesto a bajar su diestra y prender el que viene o dejo de venir.
Desde esa encendida confesión me voy despidiendo del masoquista humo adictivo.
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